Y ahora que pienso.

No fue tan cruel aquel insulto,
ni el grito, ni el golpe,
ni la amenaza que me empujó hacia atrás
tantas veces que olvidé contarlas.

Cruel, cruel, cruel,
fue el silencio gangrenoso
que destapó la culata de mi cerebro,
anulando la voluntad, si alguna vez la tuve,
de buscar otro camino.

No fue tan cruel el grillete,
ni la caja que me guardaba «al vacío»,
ni la falta de caricia
en una piel atormentada.

Cruel, cruel, cruel,
fue el día del despertar,
y descubrir que había sido
una bella durmiente más
de un cuento que no era el mío.

¿Qué hago ahora,
con los años atascados
en la expresión de mi sonrisa?

… Y he pensado, ahora que pienso,
que solo puedo comerme de dos en dos
cada uno de mis días,
y suplicar mi propia clemencia…